Jonathan Rosembaum llegó hace unos días a los 65 años. Ergo: se ha jubilado. Esto quiere decir que sus comentarios sobre películas ya no van aparecer más en el “Chicago reader”, al menos ya no como el crítico de a pie del diario al que le tocaba escribir sobre todo lo que se estrenaba. Así que el periódico perderá lectores (sin ir más lejos, los que seguíamos a este crítico con pinta de hippie que no ha querido claudicar), pero Jonathan ganará en calidad de vida porque se podrá ahorrar todas esas películas que le tocaba ver por obligación y no por devoción.
Porque ese es el peaje que deben pagar todos los críticos de diarios: escribir sobre films que les importan tres pepinos en el 95% de las ocasiones, y muy de vez en cuando hablar de algún título cinematográficamente relevante sobre el que sí se puede decir algo. Pero claro, esta minoría de films no son precisamente los que llenan de publicidad un periódico. Así que los directores y editores de un periódico, si puede ahorrarse al crítico-estrella, que puede poner en peligro los intereses del diario diciendo de qué hilo está hecho el nuevo traje del emperador, se lo ahorran.
Ojo, repito para que quede claro: me entristezco por la salud de la profesión pero me alegro por la de Jonathan. Ahora realmente va a escribir sobre lo que quiera (porque jubilarse del diario no implica que deje de hablar sobre cine). Y podrá lucirse. Porque tener a una monstruo como él reseñando, no sé, “10.000” es como tener al mejor media-punta del mundo jugando en un campo de arena como lateral: es imposible que dé lo mejor de si mismo (aunque el objeto sobre el que debe de hablar como sujeto, tampoco se merece que lo haga).
Porque, Jonatham Rosembaum es un crítico de los mejores que puede haber: es lúcido, repara en aspectos en los que tú no habías caído, no presume ni de los profundos conocimientos históricos ni de la capacidad teórica que sin duda tiene, expone sus ideas con clarividencia, personalidad y sin tópicos y, sobretodo, es de esas personas que logran cambiar tu punto de vista o incluso tu concepción del cine con sus argumentos. Incluso cuando no estás de acuerdo con ellos, debes reconocer que sus razones tienen sentido (Rosembaum, por ejemplo, discutía a Bergman por ser…¡demasiado simple! Y hasta estaba punto de convencerme). Es la crítica útil. La que se recuerda. La que pasa a los anales.

Por eso, basta un vistazo a los libros de Jonathan Rosembaum (“Placing movies: a life at the movies”, “Essentials cinema: on the necessity of film canons”, o “Movie mutations: the changing face of world cinefilia” como co-editor) para darse cuenta de que su nombre está al lado de los grandes titanes (André Bazin, Manny Farber, Andrew Sarris, James Agee, Serge Daney, James Naremore, Guillermo Cabrera Infante, Jose Luís Guarner…) de esta profesión que a veces de tan bien desempeñada que está, hasta parece arte. Retirado Rosembaum del día a día del gremio, ¿quién queda? ¿Quintín? ¿Kent Jones?.










